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9 julio 2009 4 09 /07 /julio /2009 12:42

Había una vez un pajarito simpático, pero muy, muy perezoso. Todos los días, a la hora de levantarse, había que estar llamándole mil veces hasta que por fin se levantaba; y cuando había que hacer alguna tarea, lo retrasaba todo hasta que ya casi no quedaba tiempo para hacerlo. Todos le advertían constantemente:
- ¡eres un perezoso! No se puede estar siempre dejando todo para última hora...

- Bah, pero si no pasa nada.-
respondía el pajarito- Sólo tardo un poquito más que los demás en hacer las cosas
Los pajarillos pasaron todo el verano volando y jugando, y cuando comenzó el otoño y empezó a sentirse el frío, todos comenzaron los preparativos para el gran viaje a un país más cálido. Pero nuestro pajarito, siempre perezoso, lo iba dejando todo para más adelante, seguro de que le daría tiempo a preparar el viaje. Hasta que un día, cuando se levantó, ya no quedaba nadie.
Como todos los días, varios amigos habían tratado de despertarle, pero él había respondido medio dormido que ya se levantaría más tarde, y había seguido descansando durante mucho tiempo. Ese día tocaba comenzar el gran viaje, y las normas eran claras y conocidas por todos: todo debía estar preparado, porque eran miles de pájaros y no se podía esperar a nadie. Entonces el pajarillo, que no sabría hacer sólo aquel larguísimo viaje, comprendió que por ser tan perezoso le tocaría pasar solo aquel largo y frío invierno.
Al principio estuvo llorando muchísimo rato, pero luego pensó que igual que había hecho las cosas muy mal, también podría hacerlas muy bien, y sin dejar tiempo a la pereza, se puso a preparar todo a conciencia para poder aguantar solito el frío del invierno. Primero buscó durante días el lugar más protegido del frío, y allí, entre unas rocas, construyó su nuevo nido, que reforzó con ramas, piedras y hojas; luego trabajó sin descanso para llenarlo de frutas y bayas, de forma que no le faltase comida para aguantar todo el invierno, y finalmente hasta creó una pequeña piscina dentro del nido para poder almacenar agua. Y cuando vio que el nido estaba perfectamente preparado, él mismo se entrenó para aguantar sin apenas comer ni beber agua, para poder permanecer en su nido sin salir durante todo el tiempo que durasen las nieves más severas.
Y aunque parezca increíble, todos aquellos preparativos permitieron al pajarito sobrevivir al invierno. Eso sí, tuvo que sufrir muchísimo y no dejó ni un día de arrepentirse por haber sido tan perezoso.
Así que, cuando al llegar la primavera sus antiguos amigos regresaron de su gran viaje, todos se alegraron sorprendidísimos de encontrar al pajarito vivo, y les parecía mentira que aquel pajarito holgazán y perezoso hubiera podido preparar aquel magnífico nido y resistir él solito. Y cuando comprobaron que ya no quedaba ni un poquitín de pereza en su pequeño cuerpo, y que se había convertido en el más previsor y trabajador de la colonia, todos estuvieron de acuerdo en encargarle la organización del gran viaje para el siguiente año.
Y todo estuvo tan bien hecho y tan bien preparado, que hasta tuvieron tiempo para inventar un despertador especial, y ya nunca más ningún pajarito, por muy perezoso que fuera, tuvo que volver a pasar solo el invierno.

 

http://cuentosparadormir.com/

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13 junio 2009 6 13 /06 /junio /2009 19:04

Se estaba haciendo de noche y Natalia jugaba con su muñeca preferida, su muñequita de trapo, a la que tanto quería. Su padre se la había regalado antes de marcharse de viaje de negocios, trabajaba demasiado y le echaba mucho de menos, pero al menos tenía a Margot, su muñeca.

 

-Hoy te voy a poner este vestido rojo porque vas a ir a la fiesta que celebran en el palacio para conocer al príncipe. Serás la más hermosa.

 

La puerta de Natalia se abrió…

 

-¡Vamos niña, ya es hora de irse a la cama!- dijo Manuela, el ama de llaves.

 

Natalia dejó a Margot reluciente con su vestido rojo encima de la cómoda y se metió en la cama.

Cuando se quedó dormida, la muñeca se levantó y corrió en busca de sus amigos para salir al jardín.

 

-¡Vamos oso, arriba conejo, venga bebé, ya se ha quedado dormida!

 

Los juguetes se fueron despertando y salieron despacito por la ventana para no despertar a Natalia. Corrieron y bailaron como cada noche, Margot estaba realmente deslumbrante  con su vestido de fiesta, pero entre tanto salto y movimiento, la muñeca tuvo la mala suerte de quedar enganchada en un rosal. El vestido se desgarró y el cuerpo de Margot quedó rasgado. Herida y preocupada comenzó a llorar.

 

¡Ay, ay, ¿qué voy a hacer yo ahora?, ¡me duele!, ¡ay, el vestido! Sus amigos, nerviosos, no sabían que hacer con ella y además tenían que volver antes de que Natalia despertara.

 Entonces el rosal les dijo:

 

-Tranquilos, no os preocupéis, yo os ayudaré.

 

El rosal, con una de sus ramas, ayudó a Natalia a salir del enganche, después cogió uno de sus tallos y una de sus espinas y elaboró así las herramientas para coser a la niña el vestido y también su cuerpo rasgado. Le puso uno de sus pétalos frescos por el último riego y lo puso sobre las zonas doloridas para calmar su dolor.

 

La niña agradeció al rosal todo lo que había hecho por ella y corrieron hasta la habitación antes de que Natalia despertara.

 

A la mañana siguiente, cuando la niña se levantó fue a abrazar a su muñeca de trapo, pero cuál fue su sorpresa cuando de su cuerpo desprendía un aroma a rosas que abarcaba toda la alcoba. La niña sonrió y pensó que eso era cosa de su padre para que, en su ausencia, se acordara siempre de él.

 

Desde entonces, Margot  baja cada noche al jardín para volver a perfumarse con los pétalos del rosal y así hacer feliz a Natalia en la ausencia de su papá.

 

 
Clara Ortega
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10 junio 2009 3 10 /06 /junio /2009 21:08

No hace mucho tiempo, en un pueblecito de la Mancha , vivía una joven muchacha, de nombre Rebeca, que se pasaba las tardes enteras soñando panza arriba. Cuando hacía la tarea del colegio, salía corriendo hacia el campo y se tumbaba entre los pinos de una pequeña colina, allí, miraba al cielo y formaba figuras con las nubes, hablaba con los árboles, imaginaba historias de princesas, mundos fantásticos y poderes mágicos. Su madre siempre le decía que perdería la cabeza y se volvería loca de tanto soñar despierta, pero a Rebeca no le importaba lo que los demás le dijeran y seguía yendo cada día al mismo lugar para poder sonreír y disfrutar con cada una de las historias que inventaba.

Un día, al llegar al pinar, cuál fue su sorpresa al encontrar una flor gigante muy hermosa, era una rosa con espinas y de ella, caían gotas sin cesar. Rebeca pensó que eran lágrimas, ¿por qué estaría triste aquella rosa? Pensó. Entonces quiso secar sus lágrimas con un pañuelo de papel que sacó de su bolsillo, quiso limpiar la rosa mojada y secarla, pero seguía llorando. Rebeca frotaba con fuerza los pétalos, pero seguía llorando sin parar, parecía que cada vez lloraba más y más. Rebeca empezó a desesperarse y la cogió con las manos con tanto ímpetu, que la arrancó. Le dio un vuelco el corazón, había asesinado a aquella hermosa flor, la miró desesperada sin saber qué hacer y la rosa comenzó a perder su color rojizo hasta volverse negra. Rebeca empezó a llorar desconsolada y las gotas cayeron una a una encima de los pétalos, regando la seda de su tacto que ahora era seco y oscuro. La enterró junto a su tallo y se marchó entristecida pensando que había asesinado a una rosa gigante que nació en el lugar de sus sueños.

A la mañana siguiente, Rebeca no quería regresar al lugar, estaba tan triste por el suceso, que ya no quería volver a soñar y se quedó en su casa mirando por la ventana sin pensar en nada especial, solo se repetía en su mente una imagen, la rosa negra muerta en sus manos. Pasaron los días y Rebeca seguía en su casa, cada tarde, mirando por la ventana. Su madre estaba realmente preocupada por su hija, que apenas hablaba y sólo se sentaba junto a la ventana, cada tarde, tras hacer la tarea.

Un día, en su monótona rutina de mirar sentada hacia el campo, vio algo diferente al fondo, pero estaba demasiado lejos y no podía reconocer lo que era, así que su curiosidad, la hizo levantarla de la silla y salió corriendo hasta el lugar, cual fue su sorpresa, cuando al acercarse, vio entre los pinos decenas de rosas rojas gigantes, se acercó emocionada hasta ellas. ¡Pero qué alegría más grande!, las rosas extendían sus pétalos hacia el cielo y ella pensó, ¡están sonriendo! Entonces comprendió que aquella rosa lloraba porque estaba sola.

Las lágrimas que Rebeca derramó en aquella flor y su enorme corazón hicieron que de aquel dulce entierro, nacieran decenas de rosas como aquella, para dar color a sus sueños el resto de sus días.


Clara Ortega
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